
De la deseseperanza aprendida a aprehender la esperanza
No hace falta irse muy lejos del sofá para percibir el sentimiento de desesperanza que invade a la sociedad española. Los medios de comunicación no paran de darnos motivos, hasta acabar resignados a que todo está perdido. Las redes sociales recogen los gritos en 140 caracteres del hartazgo de una sociedad que se hunde en la llamada por los sociólogos "desesperanza aprendida". Este síndrome de masas se atribuyó por décadas al sentimiento de las sociedades latinoamericanas ante la perpetua situación de subdesarrollo de sus economías y de las brechas cada vez más insostenibles entre ricos y pobres, la falta de estructuras de apoyo, los elevados índices de corrupción de sus gobiernos y la impunidad de la clase política, de las altas tasas de inseguridad personal y jurídica, de la poca implicación de la población en temas gubernamentales, etc., que han caracterizado el comportamiento de una buena parte de la población: la existencia de unos niveles de pasividad y resignación insostenibles que no movilizan a nadie a querer cambiar las cosas.
Pero, ¿qué nos diferencia en el caso español?
España representó durante los últimos años, un modelo de milagro económico, político y social de referencia mundial y eso ha creado en los españoles una sensación de confort, amparada en un excelente soporte social (sanidad pública de reconocimiento internacional, educación pública gratuita, subsidios al desempleo, acceso a vivienda propia, jubilación garantizada, seguridad personal, etc.), y un camino más o menos seguro a puestos de trabajo públicos o privados, o de poner en marcha una iniciativa emprendedora. Las tasas de crecimiento de la economía española y la euforia colectiva generada por la sensación de abundancia no hacían pensar, o no queríamos pensar, en la situación de crisis que vivimos desde hace ya cinco largos años.
Pero, justamente esta allí la diferencia! En Latinoamérica esta situación de estabilidad de la esperanza no se conoce. Nosotros si la hemos vivido.
Es normal que reacciones ante el "tambaleo" de nuestras bases de bienestar general (empleo, vivienda, sanidad, educación, etc.). Pero si a esto le añadimos escandalosos casos de corrupción de proporciones múltiples, la aparente pasividad de nuestros dirigentes políticos, la falta de un liderazgo visible en la sociedad civil, llegamos a un punto de estar hartos y de ser pasivos ante la realidad.
No podemos perder la perspectiva de nuestro puntos favorables! Lo bueno de haber fracasado es que una vez conseguimos el éxito, pero además, hemos añadido un plus de experiencia. Sabemos lo que hemos sido capaces de conseguir, y en qué hemos fallado, y eso no tiene precio. Entonces, ¿por qué no darle la vuelta a la situación?
La crisis en España es generalizada porque no tiene límite de influencia. Todos estamos inmersos en esta vorágine dolorosa de quiebras de empresas, pérdidas de puestos de trabajo, desahucios, pobreza en aumento, corrupción y falta de liderazgo político; nos guste o no. El tiempo de las quejas ha acabado y debemos asumir la responsabilidad de marcar los cambios de abajo hacia arriba. Tenemos el derecho a que las cosas cambien, pero hoy en día, además tenemos la obligación.
"No te preguntes qué puede hacer tu país por ti. Pregúntate qué puedes hacer por tu país". Esta mítica y lapidante frase de John Fitzgerald Kennedy marcó un hito en la historia norteamericana. Hoy debe ser un punto de inflexión para todos los españoles, en principio, como una reflexión individual.
¿Nos hemos convertido en una sociedad absolutamente demandante, pero no hemos sido capaces de comprometernos con los intereses generales del país? ¿Hemos aprendido que no involucrarnos mínimamente en la política nacional o local, mirando hacia otro lado, no es la solución y que, a la larga, nos producen más problemas? ¿Somos capaces de pasar de la crítica, la queja, el hartazgo y la indignación a la acción? ¿Qué me impide aportar mi granito de arena al país? ¿Somos capaces de organizarnos como una sociedad civil madura, crítica y activa con quienes nos gobiernan, administran, nos suministran bienes o servicios?
Independientemente de la respuesta colectiva, ahora lo importante debe ser nuestra reflexión personal. ¿Qué he aprendido de esta crisis? ¿Qué puedo aportar a mi país, a mi comunidad? A partir de aquí, el cambio hacia la España que queremos es posible.
Y con la “irrefutable” frase de: en momentos de crisis todos debemos de arrimar el hombro, nuestra casta privilegiada política actual justifica todas unas medidasde ajustes y recortes que, ellos mismos han provocado derrochando el dinero a manos llenos sin ningún tipo de control, sin ningún tipo de escrúpulos, pues no debemos de olvidar aquella frase pronunciada por una ministra en plena bonanza de que “el dinero público no es de nadie”, y mucho menos el de ellos.